viernes, 7 de noviembre de 2014

Un mes y sigues aquí...




Ha pasado un mes desde que te fuiste… 

         Uno no es dueño del tiempo, ni es capaz de retener el espíritu del hombre, sin embargo el dador de la vida tiene todo bajo control cuando uno de sus hijos hace su voluntad y le ama con todo su corazón, hoy no sólo lo creo por haberlo leído, sino por haberlo vivido de cerca con mi padre.


“No hay hombre que tenga potestad sobre el espíritu para retener el espíritu,
ni potestad sobre el día de la muerte…”

Eclesiastés 8:8




         El tener una vida consagrada a Dios hace la diferencia… mi padre, hombre temeroso de Dios, se dedicó sus últimos 3 años a buscar la sabiduría en la Palabra de Dios y así, seguir sus enseñanzas y vivirlas de manera tal que, cualquiera que lo conoció supo que era un hombre de honor y de virtud, Dios se encargó de darle un nombre que muchos recordarán... Don Juaco
        


         Dios fue bueno, es como si hubiese preparado todo para ese día tan especial en el cuál se verían cara a cara, parecía como si hubiese hecho una cita de amor con mi padre, le arregló primero su corazón para que pudiera amarlo, lo llenó de misericordia, de perdón y lo lavó… cambió su lamento en gozo cuando se mudó de ese hogar donde no resultaron las cosas como durante 20 años planeó, lo llenó de paz no sólo espiritual sino física al estar cerca de mi hermano mayor quien cuidó de ellos el tiempo necesario.




         Para mí era maravilloso tenerlo tan cerca otra vez, las tardes de verano íbamos caminando a verlo a su casita que, a decir verdad era la más llena de vida pues en su jardín abundaban verduras, flores y una sandía coqueta que nació por el simple hecho de querer estar ahí. Sus manos bendecidas hacían fructificar cualquier semilla que sembrara, era increíble entrar por la puerta que estaba rodeada de toda clase de vegetales comestibles y verlo sentado en su sala de estar, con su pie derecho apoyado en la rodilla izquierda leyendo su Biblia roja, sus jeans gastados y doblados con valenciana permitían ver lo claro de su piel que era contrastante con el de sus manos trabajadoras arrugadas y morenas por el sol, ese cinturón de piel que cinchaba su camisa, la cual su chaleco de piel color café cubría todas las imperfecciones de lavandería y uno que otro orificio que la soldadura dejó, su cabello por fin blanco de canas perfectamente peinado y limpio. Pero sin duda era el hombre más guapo que conocí, sus ojos azul turquesa no solo mostraban lo transparente de su alma, sino el gran amor que tuvo por cada uno de sus hijos, nietos y bisnietos; verlo directamente a los ojos era como tocar el mismo cielo y escucharlo hablar era en verdad una delicia.




         Podía pasar horas con él hablando de todo y nada a la vez, los mejores consejos los recibí de él, siempre tenía una respuesta correcta a todo, levantaba su mirada al cielo y pensaba antes de contestar, se levantaba en un salto para dirigirse a su mueble donde guardaba sus libros y cuadernos, esas llaves ruidosas evidenciaban que se movía sin parar  y sacaba ese cuadernillo rojo en el que escribía sus memorias y versículos que sin duda le dejaron una enseñanza a él y la mostraba para compartirme de lo aprendido de parte de Dios. Extraño esas tardes con risas, oraciones de fe, tortas de jamón y café…



“Hasta en nuestra muerte Dios debe ser glorificado”


         Desde niña mi oración a Dios suplicaba “por favor Dios, que no se muera mi papá”  parecía extraño el hecho de que mi hermano Joaquín estuviera sin trabajo durante tanto tiempo, parecía extraño que mi hermana María José y su esposo tuvieran que volver después de exactamente un año de su última mudanza a ese lugar tan lejano, y a su vez parecía tan normal el estar conectados todos los días en conversación con mis otros hermanos y hasta parecía lógico y necesario el hablar tan seguido con mi padre.



         Había algo que no cuadraba en mi mente, las llamadas que hice a mi padre durante septiembre fueron más seguidas de lo habitual y más prolongadas que de costumbre; hablamos de la muerte y cómo nos gustaría que nos despidieran y recordaran… reímos al pedir canciones de mariachi y globos y agradecimos porque ese tema se vivía en otras casas, no en la nuestra.



         Su voz entrecortada cuando le preguntaba cómo estaba, dejaba ver que las cosas no iban bien, pero fue por amor que guardó silencio, fue por amor que sufrió a solas su dolor, fue por amor sólo por amor.  El 26 de septiembre una llamada a las 21:13 a su hogar me hizo preocuparme al saber que tenía náuseas y dolor cada que ingería alimento o líquido –gastritis severa, pensé- la ventaja era que tenía cita al día siguiente con el geriatra y todos los estudios realizados mostraban que don Juaco seguía tan fuerte como un roble.






         Sin embargo los planes de Dios eran otros, decidió que su propósito en esta tierra había sido cumplido y que mejor manera de morir que sabiéndose amado por todos sus descendientes, qué mejor manera de morir sabiéndose hijo de Dios…

        
         Su semblante era de paz, sus ojos cansados mostraban agradecimiento, una noche antes de partir nos reunimos sus hijos alrededor de la cama de hospital, le besamos hasta el cansancio, le abrazamos, le recordamos cuan agradecidos estábamos con Dios por su vida, su ejemplo, su valentía, sabíamos que no pasaría esa noche, muy dentro de nuestro corazón Dios nos estaba preparando para el adiós. Dios nos dio la oportunidad a cada uno de estar con él en diferentes momentos y agradecerle su amor, pudimos orar por él, bendecirlo, entregarlo a Dios nuevamente y así despedirlo en medio de alabanzas al Rey de Reyes.



Me quedo con la sonrisa inconfundible que esbozaba todo el tiempo, me quedo con sus manos acariciando mi cabello mientras lo abrazaba, me quedo con sus “yo te amo más, ni sabes cuánto” me quedo con esas lágrimas a medio brotar cuando nos despedíamos de él, pareciera que al mirar el retrovisor de mi auto pudiera verlo alejarse lentamente mientras no me pierde de vista, me quedo con el mejor padre que Dios pudo darme, yo no lo elegí para mi, Dios lo hizo y ese es mi motivo principal de agradecimiento este mes sin él.







La vida sigue su curso y Dios sigue regalándonos su misericordia cada día, cuando te enteras que alguien amado está por morir quisieras guardar cada momento en la memoria y en el corazón, quisieras no haber pospuesto nunca las navidades a su lado, jamás haber rechazado una invitación a cenar, desearías haber dicho más “te amo” y más “lo siento” pero el tiempo corre y corre velozmente… no dejemos que pase un día más sin amar, sin disfrutar, sin compartir de lo que Dios nos enseña.



Me gozo al pensar que aquél 8 de octubre al bajar al sepulcro y encontrarse cara a cara con Jesús, lo recibió sonriendo diciendo: ¿que hubo don Juaco? Esperaba por ti…



He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe...


2 Timoteo 4:7





Te amo con todo mi corazón mi eterno guapo…





Karla



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