miércoles, 8 de febrero de 2017

¿Me quejo o me fortalezco en Cristo?







“Si supieras por lo que estoy pasando”
“Esto no se lo deseo ni a mi peor enemigo”
“Solo a mí me pasa esto”


Algunas de esas frases engalanan las conversaciones entre amigas o los muros de Facebook, de manera casi inmediata hay quienes comienzan a interesarse y preguntar ¿Qué pasa? ¿Todo bien? Y es de esperarse que cuando alguna de ellas esté atravesando por algo así, también reciba el mismo apoyo.


¿POR QUÉ SERÁ QUE LA QUEJA ES TAN COMÚN?

Porque es fácil quejarse.

Es más fácil recordar lo malo que lo bueno que nos ha acontecido.
La queja es una invitación abierta para otras personas que también están descontentas, ellas podrán unirse con nosotras y podemos formar un “club de quejumbrosos”. Y es que, casi sin darnos cuenta formamos amistad o compañerismo con aquellos que son “tan desafortunados” como nosotras, nos sentimos cómodas con ellas, nos identificamos y tenemos de qué hablar.


Entonces, el quejarse se vuelve un estilo de vida y realmente lo disfrutamos. ¿Lo dije bien? ¡Si! ¡lo disfrutamos! Tanto que cuando el que comúnmente nos escucha, deja de quejarse, para nosotras ya no es interesante su conversación y nos alejamos buscando a otra “quejumbrosa” con quien podamos congeniar.


Y en realidad, la queja siempre ha existido y no es agradable a los ojos de Dios. ¿Recuerdas a los israelitas en el desierto? Dios en su gran amor y misericordia por ellos, los libra de 400 años de ser esclavos en una tierra que no era de ellos: Egipto. Pasan 40 años en el desierto donde Dios suplió todo, ¡todo! Y ellos, lejos de ser agradecidos por tener todo de parte de Dios, se quejaron vez tras vez.


·        Se quejaron de la falta de agua y Dios les da agua.

·        Se quejaron de la comida y Dios les manda el maná del cielo.

·        Se quejaron de no tener carne y Dios les manda codornices.


Se quejaron tanto que dijeron que habrían estado mejor en Egipto (Números 14:2-4) Dios suplió todas sus necesidades, incluso, sus sandalias nunca se gastaron. ¿Te imaginas caminar 40 años con un solo par de zapatos? Dios tuvo cuidado de ellos y aun así no dejaban de quejarse con Moisés. ¡Pobrecito! ¡años escuchando sus quejas! Pero la queja llegó a Dios:


Y el pueblo comenzó a quejarse en la adversidad a oídos del Señor;
y cuando el Señor lo oyó, se encendió su ira, y el fuego del Señor ardió entre ellos
y consumió un extremo del campamento. Entonces clamó el pueblo a Moisés,
y Moisés oró al Señor y el fuego se apagó.

Números 11:1-2


Gracias a Dios ha tenido misericordia con nosotras ¿te imaginas que enviara ese mismo fuego a nuestro hogar cuando nos quejamos? ¡uf!


¿CÓMO DEJAR DE QUEJARNOS?

De inicio, necesitamos revisar nuestro hablar, o sea escuchar lo que decimos para entonces pensar lo que vamos a hablar. Siempre tenemos la oportunidad de pensar antes de decir algo, solo necesitamos ejercitarnos en ello y decidir no hablar queja.


Segundo, veamos “todo por el lado amable”, es fácil ver lo negativo porque es lo que nos incomoda y nos saca de nuestra zona de confort, nos olvidamos de todo lo hermoso que tenemos día a día; nos hemos acostumbrado que ya nos pasa desapercibido ¿cierto? ¿Vemos la bondad de Dios en nuestra vida? ¿Vemos su provisión y su mano obrando a nuestro favor? ¿O lo malo es que nos pasa es tan grande que no nos deja ver su bondad?


Tercero, seamos agradecidas por todo lo que Dios nos ha dado y aun por lo que no. Que sea nuestra oración que algún día podamos decir como Pablo:


No que hable porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación. 
Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad; en todo y por todo he aprendido 
el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre, de tener abundancia como de sufrir necesidad. 
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

Filipenses 4:11-13


Pablo, quien escribe desde una cárcel por compartir el evangelio. Él pudo haberse quejado contra Dios. “¡No es justo! Yo me he dedicado a hablar de ti y me encarcelan. ¿Por qué lo permitiste?” Sin embargo, no lo hizo. Él se enfocó en lo por venir, en cómo Dios sería glorificado a través de ellas y no en lo difícil de sus circunstancias.


Dios es soberano y cuida de él aún en la cárcel, Pablo pudo testificar de Cristo a quienes le rodeaban, nunca le faltó papel y pluma para escribir las bellas cartas que hoy leemos con libertad, y que nos guían a Cristo en cada una de ellas.


Pablo supo que, para aprender a vivir la vida en victoria, sea cual sea la situación, necesitamos fortalecernos en Cristo, Él nos dará la victoria, en todo lo que la vida nos presente.





…Cuando tengo y cuando no

…Cuando me despiden y cuando me promueven

…Cuando soy sana y cuando enfermo

…Cuando vivo en abundancia y cuando vivo en pobreza

…Cuando me caigo y cuando me levanto.



No son las circunstancias lo que determinarán mi estado de ánimo, ni mi felicidad; es Cristo en quien deposito mi confianza, el autor y consumador de mi fe, quien me sustenta y me da libertad. El mundo podrá sucumbir, pero de una cosa debemos estar seguras: Cristo es la fortaleza de nuestra vida. Encontremos todo nuestro contentamiento fijando nuestra mirada en Él, Él quien es nuestra esperanza y nos da la fortaleza que necesitamos para caminar triunfantemente cada día y deshagámonos de toda queja.



Cambiemos la queja por gratitud a Dios.



En Su Gracia



Karla



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