lunes, 19 de junio de 2017

Amarte todos los días de mi vida







Hace unos días hablaba con una amada amiga y conversábamos acerca de lo importante que es mostrar amor a nuestro esposo, no asumir que ellos saben que los amamos. Esa necesidad de saberse y sentirse amados también debe ser llenada y suplida en ellos, no sólo en nosotras.


Creo que en ocasiones olvidamos que esa parte afectiva entre los dos es necesaria siempre, de hecho, conforme pasan los años no debemos dejarla de lado.


Suena un poco extraño que Pablo en la carta dirigida a Tito le mencione que “las ancianas deben enseñar a las más jóvenes a amar a sus maridos” (Tito 2:4) ¿Cómo? ¿Será acaso que no sabemos amar?


Cuando tenemos poco tiempo de casadas el amor fluye solo, las emociones están a flor de piel, el amor se respira en el aire, las horas sin nuestro amado son eternas… pero con el paso del tiempo, con las complicaciones de la vida, obligaciones, metas personales, tal vez hijos, familia política que se entromete en el matrimonio, problemas financieros, falta de tiempo en pareja, falta de perdón, y el olvidar que vivimos con otra persona imperfecta, pecadora y humana como nosotras, nos hace creer que el amor se ha enfriado y que poco a poco se va terminando.


Es el pecado el que nos convence de que el amor muere,
o cambia de lugar.


Anteriormente, vimos que el hogar es nuestro primer ministerio, el hermoso llamado a servir a Dios a través del Rol que en Su eterna sabiduría nos ha dado a cada una de nosotras.


Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta:
no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno,
 que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, 
a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos,
para que la palabra de Dios no sea blasfemada.

Tito 2:3-5


Y la primera instrucción que las ancianas tienen como maestras del bien, es el enseñar a las más jóvenes a que amen a sus maridos. Cuando nos casamos, estamos haciendo un pacto con Dios y con nuestro esposo, de amarlo en las buenas y en las malas, cuando tenemos todo y cuando no tenemos nada, enfermos y sanos; estamos diciéndole si a nuestro esposo y no al resto de los hombres. Es un pacto de permanencia por amor a Dios.


Pero, ¿Acaso no los amamos desde antes de casarnos? Claro que los amamos, pero en el noviazgo el amor es romántico, lleno de ilusiones, todo es miel sobre hojuelas; y cuando nos casamos, después de la luna de miel y al comenzar a vivir “la vida real”, el amor es un tanto diferente.


La Palabra Griega utilizada para “amar a sus esposos” en este versículo de la carta a Tito, es la palabra philandrosque significa: “Amante del esposo o amadora del esposo”. Pero esta palabra está compuesta por 2 palabras:  Philos, que significa "amigo cariñoso" y Aner, que quiere decir: "marido, el compañero masculino de una esposa".


¿Te das cuenta? Ese amor que Pablo menciona en Tito 2:4 se refiere a un amor fraternal con el esposo, a ser cariñosas, tiernas, compasivas con el esposo, tal cual lo éramos con ellos siendo nuestro mejor amigo. Esa es nuestra vocación, nuestro diseño divino y debemos abrazarlo, amarlo.


¿CUÁNDO ES QUE DEBEMOS “APRENDER” A AMARLOS?

En la vida real.

En los momentos de crisis.

En los momentos de felicidad extrema y en los de tristeza también.

No todos los días son luna de miel, habrá días grises y en esos días es necesario recordar que amamos a nuestro esposo por quién es él, pero sobre todo porque amamos a Dios y fuimos diseñadas por Él para ser el complemento de nuestro esposo, su ayuda.

Necesitamos aprender a amarlos en el día a día mi amada amiga, en esos momentos en los que en realidad no sentimos amarlos, debemos amarlos más.  Pero para ello necesitamos conocer, amar y abrazar el diseño de Dios para la mujer, el rol que nos ha dado y con ello, ser ayuda idónea de nuestro esposo.


Y el Señor Dios dijo: No es bueno que el hombre esté solo;

 le haré una ayuda idónea.

Génesis 2:18



Dios es maravilloso, ha dado a la mujer un lugar especial con el varón, un lugar especial en casa, con los hijos, en la sociedad. Y quizá te preguntarás ¿un lugar especial en todos lados? ¿Cómo? ¿Acaso no sabes de las mujeres que son golpeadas, los feminicidios, sin buenas oportunidades laborales y que no son valoradas en ninguna área? Si, sé de ello y lo he vivido también.  Injusticias, acosos, malos tratos, discriminación y desprecio solo por ser mujer. Pero me queda claro que eso no es de parte de Dios, no es porque nos “haya tocado la mala suerte de nacer mujer en una época donde la misoginia está en aumento”, sino que el pecado ha hecho que se deforme el diseño divino en la mujer.


La buena noticia es que hemos sido redimidas, perdonadas, limpiadas, salvadas por nuestro Señor Jesucristo. Todo aquello que el pecado ha distorsionado desde la caída del hombre en el Edén, a través del sacrificio de Jesús es que por Gracia hoy por hoy podemos acercarnos confiadamente a Dios ante Su trono, e implorar ayuda para estar en medio de Su voluntad, y con ello ser una mujer con la perspectiva Bíblica de la vida.


El diseño divino para nuestro rol como mujer, como esposa y como madre está contenido en la Palabra de Dios de manera detallada. Si anhelamos enseñar a las más jóvenes a vivir de acuerdo a la sana doctrina en su principal ministerio, nosotras debemos cultivar una relación con Dios para abrazar ese diseño con el cual nos creó, y de manera intencional vivirlo para Su Gloria.


La mujer que describe Tito 2:3-5 es muy parecida a la mujer virtuosa de Proverbios 31. ¿Te parece si estudiamos sus características detenidamente para comprender un poco más nuestro rol y diseño?


Nos leemos pronto.

En Su Gracia


K A R L A


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