lunes, 12 de junio de 2017

Maestras y Alumnas








Hace unos días atrás leía una publicación del pastor Paul Washer que citaba:


“No hay forma de predicar el evangelio con tu vida. Puedes afirmar el evangelio
con tu vida, pero no puedes predicar el evangelio con tu vida. Sólo puedes
predicar el evangelio abriendo tu boca y hablando la Palabra de Dios.
Cuando haces eso, todo el infierno se revuelca.”


Durante años escuché la frase “Predica con el ejemplo”, pero es cierto lo que dice Paul Washer; predicamos con nuestra boca y afirmamos con nuestro ejemplo, con nuestra vida. Debe haber una congruencia entre lo que predicamos, lo que decimos y lo que hacemos, de lo contrario estaremos dando una versión errónea de lo que hemos predicado y creído.


Estas semanas he estado estudiando con calma el capítulo 2 de Tito, las instrucciones que Pablo da a cada miembro de la iglesia para vivir de acuerdo a la sana doctrina, y he estado meditando estos días en la instrucción que las ancianas deben mostrar a otras mujeres cómo luce la sana doctrina en quienes la viven.


La verdad es que no es cosa sencilla como pareciera, es toda una vida de aprender a vivir, poner por obra, y compartir de ello a otros. Toda una vida que va madurando día a día hasta el tiempo de reproducirse en otros quienes también nacerán, florecerán, madurarán y darán fruto.


Gracias a Dios por esas mujeres maduras en la fe, quienes se han tomado el tiempo para enseñarnos, discipularnos y animarnos a seguir en el evangelio. Algún día con el favor de Dios, nosotras seguiremos su ejemplo (o tal vez ya lo estamos haciendo) y vayamos floreciendo, madurando y reproduciéndonos espiritualmente y físicamente también.


Todas hemos pasado por un proceso desde el día que nacimos de nuevo hasta hoy, y así seguiremos hasta el día que Dios nos llame a Su presencia. Nacimos, un mundo nuevo se abrió ante nuestros ojos, conocimos la gracia de Dios, entendimos que todo es por Él y para Él y comenzamos a vivir una nueva vida en Cristo. Comenzamos bebiendo leche espiritual y muy probablemente haya sido otra mujer mayor que tú en la fe quien te fue guiando y alimentando poco a poco mientras crecías para recibir una alimentación espiritual más sólida, mientras dejabas prácticas propias de la vieja naturaleza para entonces llegar a la madurez.


Por tanto, desechando toda malicia y todo engaño, e hipocresías, envidias
y toda difamación, desead como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra,
 para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis probado
la benignidad del Señor.

1 Pedro 2:1-3


Ahora, detengámonos en este punto un momento porque es aquí donde también tú y yo tendremos que perfeccionarnos y servir. Alguien estuvo enseñándonos durante algún tiempo y es muy probable que aún tengamos un mentor, una maestra quien nos sigue enseñando el bien, la Palabra de Dios y vida cristiana, quien nos aconseja y libra batallas en oración junto a nosotras.


¿Qué hay de ti y de mí? ¿Estamos enseñando a alguien más o seguimos en espera?


Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta;
no calumniadoras ni esclavas de mucho vinoque enseñen lo bueno

Tito 2:3


Y volvemos a lo mismo que hemos estado hablando, aunque aún no seamos ancianas en edad, si hay alguien menor a quienes podemos mentorear mientras nos vamos preparando para la vejez, hagámoslo, no perdamos tiempo para compartir con otras mujeres lo bueno que es Dios.


QUE ENSEÑEN LO BUENO

Pablo nos deja claro que si hemos nacido de nuevo, hemos recibido la doctrina sana, sin adulterar, entonces nuestra vida dará testimonio de eso que hemos recibido. Como mujeres comenzaremos a vivir de acuerdo a esa enseñanza:


·         Siendo reverentes en nuestro porte.
·         Nuestra forma de hablar.
·         Nuestra forma de vestirnos.
·         Nuestras expresiones corporales.
·         La forma que hablamos de otros.
·         El dominio propio en nuestra vida incluyendo adicciones.
·         Aprendiendo la sana doctrina.
·         Buscar siempre el consejo de Dios.


Sin duda esta anciana es una mujer conocedora de la Palabra de Dios, porque el Evangelio es el que nos transforma, una no puede vivir y mucho menos dar y enseñar algo que no tiene o que no conoce.


¿A QUIENES ESTAMOS ENSEÑANDO DESDE AHORA?

Quizá tengas algún cargo en el ministerio de damas, un blog en línea, grupos de estudio en casa, en tu iglesia o vía WhatsApp, probablemente compartes y estudias junto a tus hermanas o tus hijos, o quizá aún estás en espera de enseñar a otros la Palabra de Dios.


No te desanimes, persevera y prepárate para el momento en el que compartas a otros lo que Dios te ha enseñado, las batallas de las que Dios te ha librado, el cómo el Evangelio ha transformado tu vida y cómo la Gracia de Dios es incomparable. 


¿QUÉ ESTAMOS ENSEÑANDO?

Si tomamos en cuenta la cita del pastor Washer, ¿Estamos siendo congruentes entre lo que predicamos y vivimos? Sinceramente es una pregunta en la cual debemos reflexionar y prestar mucha atención. Este estudio ha tocado fibras sensibles en mi vida y en la de muchas mujeres, pero, creo que es necesario recordar que estamos compartiendo el Evangelio de Cristo, para Su Gloria. Se requiere madurez, conocimiento, humildad, el anhelo y la decisión de glorificar a Dios con nuestra vida, no hacerlo por nosotras sino para la expansión del reino de Dios para la edificación de Su iglesia y para la Gloria de Su Nombre. Dios nos ayude y nos permita ser un instrumento en sus manos, siervos para Su Gloria.


Así que, mujer, el enseñar a otras ¡es todos los días! Nuestra vida debe ser impregnada por el Evangelio solo de ese modo podremos reflejar al mundo la Luz de Cristo.  ¿Lo estamos haciendo bien?


¡Qué pregunta!


¿ESTAMOS ENSEÑANDO LO BUENO A OTRAS MUJERES?

Y pensando que nosotras somos mayores  que otras mujeres y que podemos guiarlas y enseñarles lo bueno de Dios, hagámonos las siguientes preguntas:


·         ¿Qué les estoy enseñando?
·         ¿Qué dirán nuestras “alumnas” de nosotras?
·         ¿Qué ejemplo a seguir les estamos dando?
·         ¿Están reproduciendo en su vida la sana doctrina que nosotras debemos estar viviendo también?



Fui maestra en una escuela secundaria y preparatoria hace unos 7 años, uno de los mentores de esa área era un maestro muy disciplinado, amante de la lectura, su lenguaje corporal era impecable y su amabilidad extraordinaria. Fácilmente nos dábamos cuenta quienes eran los grupos que tenía a su cargo pues, sus alumnos habían aprendido de él y replicaban sus modales, su amor por la lectura y hasta la forma de hablar y expresarse. ¡Él era un gran maestro!


Y pasa lo mismo con los malos maestros, sus alumnos seguirán el mal ejemplo y lo transmitirán a otros también. (Prov. 13:20)


¿Fuimos y somos buenas alumnas? ¿Nos seguimos preparando y estudiando la Palabra para compartirla con otras? ¿Qué tanto nos parecemos a nuestro maestro Jesús? ¿Cuánto de su carácter estamos reproduciendo? ¿Quienes nos ven reconocen fácilmente que somos enseñadas por Él?  Qué importante es nunca dejar de aprender, de estar todo el tiempo buscando más del Señor, de Su Palabra, de estar dispuesta a recibir instrucción de parte de siervos de Dios con humildad, con sumisión, con gratitud y un espíritu enseñable lejos de orgullo y creer que ya sabemos demasiado. No lo olvidemos nunca mujer.


Vamos un día a la vez, con errores, con fallos, con tropiezos tal vez, pero por fe, por Su Gracia y por su amor podemos compartir con otras mujeres lo grande que es Dios, lo hermoso que es su Palabra, lo maravilloso y bueno que es el Dios de la Gloria. ¡Tantas cosas buenas por enseñar!



Termino con un fragmento del libro “Mujer de la Palabra: Cómo estudiar la Biblia con mente y corazón” de Jen Wilkin.

“Primero, necesitamos el ejemplo de maestras. Cuando una mujer ve a alguien que se parece a ella y suena como ella mientras enseña la Biblia con pasión e inteligencia, empieza a reconocer que ella también puede amar a Dios con su mente, quizás más de lo que había creído necesario o posible. Si yo sólo hubiera oído a hombres enseñar bien la Biblia, no sé si me hubiera considerado capaz de hacer lo mismo. Gracias al Señor que me dio mujeres inteligentes que establecieron un ejemplo de lo que significa abrir la Palabra con reverencia y habilidad.”



En Su Gracia


K A R L A 

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