miércoles, 20 de septiembre de 2017

La Caja de Secretos






Recuerdo cuando joven, mi papá dejó arrumbada una caja de madera en un rincón, de esas que usan en los mercados para transportar la fruta, la tomé y decidí que sería “mi caja de secretos”

A decir verdad, esa caja estaba a la vista de todos sobre el ropero de metal en mi habitación; en ella tenía guardados diferentes artículos que para mí eran importantes y algunos que no quería que otros supieran de su existencia.


Entre esos objetos, recuerdo tener fotografías mías cuando era bebé, un cuaderno “chismógrafo” de la preparatoria, (en ese cuaderno venían casi todos los secretos de mis compañeros de generación), tenía videojuegos, unas bufandas, cartas, más cartas, y mi diario. No recuerdo que más tenía.  Un día se me ocurrió guardar ahí una botella con agua sin darme cuenta que estaba mal cerrada, después de tiempo el agua se había derramado dentro echando a perder absolutamente todo lo que era de papel, las fotografías eran instantáneas así que se perdieron, mi diario estaba empapado y empezaba el moho a aparecer en cada página.

Recuerdo cuánto me enojó el ser descuidada y dejar que el agua arruinara mis pertenencias “secretas”, traté de rescatarlas secándolas al sol, pero aun así se pudrieron; no recuerdo si las guardé pero tal vez sí las tuve durante algún tiempo aún con lo podrido, porque eran preciadas para mí.


           
¿Qué pasa cuando guardamos en nuestro corazón “secretillos” que, a decir verdad, están a la vista de todos pero no lo mostramos abiertamente? ¿Te ha pasado? De pronto esa tendencia a guardar secretos en el corazón, rencores, amarguras, algo que está ahí pudriéndose y no queremos sacarlo por habernos apropiado de ellos.


Toda falta de perdón puede convertirse en amargura, puede quitar la felicidad, y consumir energía en las personas.


Cuídense unos a otros, para que ninguno de ustedes deje de recibir 
la gracia de Dios. Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz
venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes
y envenene a muchos.

Hebreos 12:15 ntv


Hay un dicho que dice: “todos se dan cuenta de tu mal aliento menos tú mismo” y pasa muy seguido que, el resentimiento o la amargura en una persona todos lo notan menos quien lo porta ¿por qué será? Pienso que es porque ya es un modo de vida, y se acostumbran a vivir así, se vuelve normal y no lo perciben; es raro encontrar a una persona que diga ¡uy, como que me estoy amargando! o alguien que diga ¡qué rencorosa soy!


Sin embargo, esas actitudes dañan y no solo al portador sino a quienes están alrededor. Es tiempo de reconocer si acaso en un descuido una ofensa creció y se instaló en el corazón hasta convertirse en rencor, falta de perdón o nos ha amargado más de lo que creemos. Podemos acercarnos a alguien en quien confiemos y pedirle nos ayude a orar para reconocer si las actitudes que tenemos concuerdan con la percepción de nosotras mismas.


Mientras callé, se envejecieron mis huesos
En mi gemir todo el día.
Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
Se volvió mi verdor en sequedades de verano.


Salmo 32:3-4


No sirve el guardar ofensas, ni el guardar rencores secretos, daña más de lo que podemos imaginar. Hagamos un análisis acerca de qué es aquello que permitimos en nuestra vida que nos humedeciera y el moho creciera haciendo que todo lo limpio y hermoso para recordar terminara sucio, o secando las buenas actitudes para con los demás.



Dios es bueno, y cambia corazones ¿Cómo no quitará la amargura de nuestro corazón? Necesitamos decidir dejar toda amargura y sobre todo, perdonar a quienes nos hayan ofendido.


Quítense de vosotros toda amargura, enojo,
ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.
Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos,
perdonándoos unos a otros,
como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo


Efesios 4:31-32


Soltemos esa carga, esa amargura, ese rencor, aunque nos hayamos acostumbrado a su hedor, aunque nos duela soltarlo por ser parte de nuestro diario vivir, es tiempo de entregarlo a Dios, ya no encubrirlo porque en el fondo sabemos que hay algo que no anda bien y que está arruinando todo lo demás. Confesemos esa ofensa a Dios en oración y pidamos perdón por haber permitido contaminar nuestro corazón.


Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.
Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová;
Y tú perdonaste la maldad de mi pecado

Salmo 32:5


 Sé libre de amargura hoy… goza y haz que otros disfruten de la gracia del perdón… llama, escribe, habla, abraza, ámales y perdónales…



En Su Gracia


K A R L A


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